parc central

torrent_2006
arquitectos_rafael rivera y mateo signes
estudiantes de arquitectura colaborador_javier rivera y francisco martínez
decoradora_pepa costa
ingeniería_ICA, josé luis garcía, TIGNUS y GIA
arquitecto técnico_URBINSA
promotor_ayuntamiento de torrent y nous espais
constructor_ferrovial y ferroser


Esta es la historia de un crecimiento, de un proceso controvertido, como todos los crecimientos. Pero, en este caso, apoyado en el espacio público, en los equipamientos, en las infraestructuras, en el trasporte público, elementos generadores de ciudad y que anteceden al proceso constructivo de las viviendas.
La reflexión sobre el crecimiento en nuestras ciudades es un tema pendiente que, necesariamente hemos de abordar, también analizando experiencias concretas.

Pero también es la historia de un parque, una historia que nos puede ayudar a compartir una metodología y una reflexión teórica que enriquezca nuestra disciplina.
Sabíamos que el proceso racional de construir espacios, de crear sistemas, va de lo general a lo particular, así nos lo enseñaron y así quisimos hacerlo también aquí. Sin embargo aprendimos que también lo particular tiene un protagonismo que influye en lo general, lo modifica, lo recompone. Es el mundo del detalle. Descubrimos que sin el detalle, nada es posible, nada se concreta y lo imaginado se queda en fantasía.

La simple suma mecánica de los detalles no hace un conjunto organizado, completo, que funcione como un sistema. Sin embargo, sólo las propuestas generales, sólo la reflexión global, deja vacío el conjunto y sin respuestas las preguntas concretas. Por eso apostábamos por el diálogo, por las contraposiciones, por la mezcla.

En la dicotomía entre el jardín y el parque, entre el equipamiento y el ocio a pequeña escala, entre el juego y el paseo, hemos ido generando espacios mestizos que sólo se completan cuando los ciudadanos y ciudadanas los ocupan, los llenan y les dan un sentido, a veces, diferente del que habíamos imaginado.
Y en el centro de todo, la vegetación, vinculada al color, a la sombra, a la orientación, sirve de soporte para generar ese espectáculo común, homogéneo, que permite la convivencia entre adultos y niños, entre jóvenes y ancianos, entre usuarios que se incorporan al bosque, al claro, a la cafetería, al laberinto, para compartir su tiempo. La conversación con un árbol no tiene edad.

Así aparecieron los paseos acompañados por alineaciones de plátanos y jacarandas, pero también las marquesinas. Así formamos los pequeños bosques de coníferas protegiendo el norte y caducifolias esperando el sur, pero también los juegos o las letras, los bancos o el templete. Así organizamos los setos de cipreses, pero también los muretes de hormigón que configuran las esquinas del laberinto. Así ubicamos los pequeños equipamientos para patinar, para trepar, para completar el ocio anunciado. Así llegaron los arbustos, los rosales, las flores acompañando a unas caras que miran y sonríen. El jardín, el parque, el juego, los paseos, dan forma a un conjunto que cobrará sentido cuando el tiempo pase y cada uno adquiera su verdadera imagen.

Nada es casual, decía el filósofo, y tal vez en el parque es verdad a medias, porque todas su piezas, los árboles y arbustos, los pavimentos con colores y texturas diferentes, las sombras que deforman el objeto original, han sido previamente planificadas con cuidado pero, sin embargo, se alteran, se reordenan con la casual presencia de una ardilla o de un anciano sentado observándola.

El resultado sólo es una suma. Quien lo promovió, quien lo dibujó, quien lo construyó, quien lo utiliza y quien lo mantiene, se dan la mano, ponen su parte en la receta y acaban configurando, cada día, un espacio público, colectivo, que enriquece y favorece la vida en la ciudad.

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