instituto benlliure

valencia_2001
arquitectos_rafael rivera y mateo signes
arquitecto técnico_josé ramón roca
ingeniería_ICA
promotor_generalitat valenciana, conselleria de cultura, educación y ciencia
constructor_edifesa


La nuestra era una tarea dura porque hablábamos de un Instituto con solera, con renombre en la ciudad. Y con una arquitectura previa creada de la mano de un maestro, Miguel Fisac, que el tiempo había herido.

Más miedo en el cuerpo, y el esfuerzo por conseguir que todo el proceso no ensombreciera el lujo que suponía abordar el proyecto. Una obra no debe ser un rosario de disgustos, trampas y enfrentamientos, sino la concreción de algo, que va a resolver problemas. Una obra siempre es una ilusión.

Y pusimos sobre la mesa unas cuentas ideas básicas que nos permitieron ganar el concurso y que todavía permanecen en el centro.

Mejorar el acceso, incluso cambiarlo de calle y dotarlo de un espacio libre y un vestíbulo generoso. El vestíbulo siempre es el lugar de encuentro, de distribución, del alboroto. Y ha de ser amplio e iluminado.

Transformar los pasillos en otra cosa, algo más vivo. Huir de los itinerarios infinitos, repetidos, monótonos, oscuros y salpicados de puertas. Incorporar la luz, la comunicación. No queremos pasillos, queremos otra cosa. Vigilar con cuidado el poniente caluroso de esta ciudad y controlar el sol de levante, que las aulas, todas, tuvieran una iluminación natural adecuada, siempre por la izquierda del alumno.

Un salón de actos especial, singular, autónomo, pero vinculado al centro, que diera servicio al instituto pero también al barrio garantizando esa permeabilidad imprescindible.

Y la belleza. Eso tan escurridizo que cambia con el tiempo. Queríamos una arquitectura de ahora y aquí, que se leyera con facilidad, que jugara con la luz, que resistiera el tiempo más allá de las modas. Y por último algo obvio, que todas las tripas, los tubos y conductos fueran fáciles y cumplieran el nivel de confort necesario.
Más cosas, supongo, pero me gusta destacar estas.

Y viendo el resultado después de años, se parece bastante a lo que soñamos. Ya sé que hemos tropezado con errores, ya sé que algunas cosas no hemos sabido resolverlas, y eso nos ha hecho aprender, pero creo que los objetivos básicos están a salvo.

Luego, cuando los alumnos, los profesores, y todo el personal ocupa sus puestos, hace suyo el espacio, lo usa, lo experimenta, incluso lo critica, es cuando la magia de la arquitectura se pone en marcha

Nada de eso hubiera sido posible sin el papel de la administración sin los obreros que han puesto cada ladrillo en su sitio, son los propios usuarios con los que hablábamos y hablábamos, sin las críticas imprescindibles. Pero, después de 40 años de historia entrañable, imprescindible para la ciudad, y de diez en una sede nueva, creo que el Instituto Benlliure sigue siendo, y cada vez más una referencia cultural para la sociedad y un vivero de formación.

Tal vez nosotros, con nuestra arquitectura que ya es de todos, pusimos un granito de arena sería un lujo.


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